Éxito, adaptación hedónica y trabajo duro

Qué es la adaptación hedónica

«Conseguir cosas» no nos hace más felices. No, al menos, a largo plazo. Y con «cosas» no me refiero solo a ganar dinero (que el dinero no da la felicidad es un tópico muy manido ya) sino que me estoy refiriendo a algo mucho más general. Estoy diciendo que tampoco los logros profesionales o personales dan la felicidad (de nuevo, a largo plazo).

Esto ya es más contraintuitivo. Durante la mayor parte de mi vida había pensado que gran parte de la felicidad consistía justo en eso: en ponerte metas y alcanzarlas. Sin embargo, mi experiencia, y un análisis más profundo, parecen indicarme que esto no es así.

Y todo por el fenómeno de la «adaptación hedónica». Según nos dice Wikipedia:

La adaptación hedónica es la tendencia observada en humanos a volver rápidamente a unos niveles estables de felicidad pese a grandes eventos positivos o negativos en su vida.

El término fue acuñado en los años 70 por Philip Brickman y Donald T. Campbell, aunque previsiblemente era ya conocido por los estoicos de la vieja Atenas. Estos pensadores defendían la necesidad de aprender a desear y valorar aquello que se tiene, y para ello proponían técnicas psicológicas como la visualización negativa, consistente en reflexionar, a lo largo del día, sobre qué pasaría si te faltaran tus bienes materiales, tu familia y amigos, o tu salud. Así, al abandonar la visualización negativa, y ver que todas las dificultades asociadas a dicha carencia desaparecen al instante, aprendes a valorar aquello que tienes y, como bonus, a prepararte por si algún día lo pierdes.

¿Me tengo que creer la adaptación hedónica?

No quiero ni necesito proporcionar evidencia académica en favor de la adaptación hedónica. Estoy harto de experimentarla en mis propias carnes. Han sido muchas las veces en que me he planteado un importante objetivo en la vida pensando que, si llegaba a alcanzarlo, sería mucho más feliz de lo que soy ahora. No es difícil imaginarte haciendo algo que crees casi imposible, y pensar que, cuando lo consigas, tu vida estará solucionada. Sin embargo, las veces en que he alcanzado semejante objetivo, ha acabado por nacer en mí la sensación de que no valía tanto la pena, y de que no era tan difícil como imaginaba. En esos momentos me he convencido de que el siguiente reto sí que era realmente difícil y sí que me aportaría gran felicidad. Y así, sucesivamente.

En realidad, no es que los objetivos que me plantee sean difíciles o no, o que mi visión antes o después esté sesgada. Es sencillamente la adaptación hedónica haciendo su papel. Como ser humano, tengo un impulso natural a ambicionar nuevos fines, de forma que cuando completo una empresa, en seguida me adapto a la nueva situación de bienestar, y me pongo a buscar el próximo reto. No es nada malo; simplemente somos así.

Dejadme poner algunos ejemplos más genéricos para aquellos que no quieran creer mis apreciaciones subjetivas, o que aún no hayan tenido oportunidad de experimentarlas, o que simplemente sean más empiristas. Creo que el caso más estudiado de adaptación hedónica es el de los ganadores de loterías. Estamos hablando de gente pobre y humilde que se hace rica, muy rica, de la noche a la mañana. Casi cualquiera (excepto, quizá, los ya entrenados), al visualizarse ganando la lotería, piensa que su vida estaría solucionada para siempre, que sería siempre feliz. Lo cierto es que, si la persona premiada no tiene una buena formación, lo más probable es que haga una pésima gestión de ese dinero, y que termine más pobre de lo que empezó. Además de perder, por el camino, familia y amigos a causa del repentino aumento de su nivel de vida, y de las envidias y recelos que este despertaría.

Sin embargo, estas consecuencias prácticas nada tienen que ver con la adaptación hedónica; supongamos, por tanto, que el premiado es una persona que sabe gestionar su nuevo capital, y que al mismo tiempo sabe cuidar de los bienes no materiales de su vida. En este caso, lo que encuentran los estudios es que al cabo de los meses, una vez pasada la emoción inicial, las personas «con cabeza» que han sido premiadas son igual de felices que antes de que les tocara la lotería. No son menos felices como a veces se quiere vender, pero tampoco lo son más. Al final, conducir el Porsche de tu mansión al club de golf una y otra vez se convierte en el día a día, en la rutina, y la adaptación hedónica se encarga de que eso ya no sea suficiente. Poco a poco se vuelve a crear la necesidad en ti de alcanzar nuevos objetivos que, esta vez sí, te van a hacer feliz.

Otro ejemplo empírico, muy estudiado, es el de los atletas olímpicos. Más concretamente, el de los gimnastas olímpicos. Los gimnastas que aspiran a conseguir medalla en los JJOO llevan entrenando casi sin descanso desde que tenían menos de 5 años, con un nivel de dedicación y de exigencia difícilmente imaginables. Sacrifican toda su niñez y juventud por una medalla en los juegos. Sin embargo, una vez terminan su carrera siendo aún muy jóvenes (por lo general, con menos de 30 años), y aún suponiendo que hayan conseguido ser campeones olímpicos, lo que muchas veces les espera no es una vida normal, tranquila y feliz gracias a haber sido los mejores del mundo. Para algunos, lo que espera tras el deporte de élite son problemas de alcohol, drogas y depresión, de los que les lleva años salir, si es que salen. Este fue el caso, por ejemplo, del bicampeón olímpico español Gervasio Deferr.

Gervasio Deferr tras ganar su segundo oro olímpico.

Gervasio Deferr tras ganar su segundo oro olímpico.

Una imagen mental

Me gusta formarme la siguiente imagen en la cabeza, que quizá os ayude a entender cómo afecta la adaptación hedónica a nuestro nivel de felicidad. Imaginemos dos ejes, uno horizontal que representa el tiempo de vida, y otro vertical que representa el éxito en una determinada disciplina. Por ejemplo, si la disciplina es hacer press banca, el eje vertical puede ir desde levantar 0 o casi 0 quilos, hasta levantar mucho más que el récord mundial. O si la disciplina es acumular riqueza, el eje vertical puede ir desde tener cero euros hasta tener todo el PIB mundial, por decir algo. O si la disciplina es progresar como policía, el eje vertical puede ir desde no entrar a la academia, hasta ser director adjunto operativo o incluso ministro del interior.

Pensemos en nosotros mismos como una partícula que parte del origen del sistema de coordenadas. A medida que pasa el tiempo y que trabajamos avanzamos en el eje horizontal y, a poco que hagamos bien las cosas, también en el vertical. Al movimiento en el eje vertical es a lo que llamamos progreso en la disciplina. Este progreso tiende a ser creciente con algunas fluctuaciones, hasta que en algún momento de nuestra vida alcanzamos el pico máximo. A medida que avanzamos también vamos dejando atrás hitos, que podemos pensar como marcas en el eje vertical.

Mucho tiempo había pensado que la escala de la felicidad iba ligada a este eje vertical, al menos en ciertos ámbitos. Lo que nos dice la adaptación hedónica es, sin embargo, que la felicidad es independiente de cuál sea nuestro pico máximo, y por tanto de qué hitos vayamos dejando atrás. Podemos ser felices independientemente del punto del plano en que nos encontremos. Si ahora en el eje vertical ponemos la felicidad, la trayectoria que trazaría la partícula que nos representa ya no tendería a ser creciente, en función de los hitos de la disciplina que vayamos dejando atrás, sino más bien sinusoidal. Como se muestra en la siguiente imagen, tendemos a un nivel base de felicidad, independientemente de los hitos que vayamos alcanzando en cada una de las disciplinas.

Representación gráfica del proceso de adaptación hedónica. Aunque me estoy centrando en los picos, la adaptación hedónica también aplica a los valles: nos recuperamos de los eventos negativos, volviendo a los niveles de felicidad previos. El estoicismo intentaría minimizar los picos y los valles, a la vez que intentaría aumentar el nivel base de felicidad.

Representación gráfica del proceso de adaptación hedónica. Aunque me estoy centrando en los picos, la adaptación hedónica también aplica a los valles: nos recuperamos de los eventos negativos, volviendo a los niveles de felicidad previos. El estoicismo intentaría minimizar los picos y los valles, a la vez que intentaría aumentar el nivel base de felicidad.

Entonces… ¿para qué trabajar?

Toda mi vida había creído, y era una de mis creencias más arraigadas, que ir consiguiendo objetivos que requerían esfuerzo y dedicación era la clave de la felicidad. Por supuesto, estos objetivos no eran económicos: la lección de que el dinero no da la felicidad ya la traía aprendida de casa. Pero pensar que este mismo principio en realidad aplica al resto de facetas de la vida, me ha supuesto un cambio radical de mentalidad. Este cambio de mentalidad lo podríamos resumir en que, por pura adaptación hedónica, el éxito (entendido como alcanzar metas en la vida) no da la felicidad (a largo plazo).

Pero hay que ser en muy cuidadoso en este punto, porque el principio de la adaptación hedónica nos puede llevar a concusiones erradas. Al leer lo antes expuesto, lo primero que nos puede venir a la cabeza es que, si conseguir objetivos no nos trae felicidad, ¿para qué trabajar? ¿Para qué sacrificarse hoy para obtener un bien mayor en un futuro? Si, total, al conseguir dicho bien seremos igual de felices que ahora.

Para mí, la respuesta es sencilla: trabajar hacia nuestros objetivos aumenta el nivel base de felicidad, al que tendemos por adaptación hedónica. Por tanto, sí, es importante trabajar duro a diario, siempre que se haga de forma sostenible (por ejemplo, sin que deteriore innecesariamente nuestra salud física y mental), porque es el propio acto de esforzarse y sacrificarse el que aumenta el nivel base de felicidad al que tenderemos a largo plazo. (Hay que aclarar que este no es ni mucho menos el único factor que contribuiría a aumentar nuestra felicidad.)

La adaptación hedónica no implica que nos debamos conformar con lo que tenemos, y que no debamos esforzarnos. Eso es dar un salto que, a mi parecer, no está justificado. Lo que nos dice la adaptación hedónica es que alcanzar grandes objetivos no nos va a dar felicidad a largo plazo, porque nuestro cerebro va a tender a adaptarse y a buscar nuevos objetivos, más ambiciosos. Pero no nos dice nada respecto del proceso, del camino que hay que seguir para alcanzar dicho objetivo.

Para mí, por tanto, una de las claves de la felicidad es trabajar a diario hacia unos grandes objetivos vitales. Ya bien sean académicos, económicos, de relaciones personales o con la comunidad, religiosos… Realmente da igual, los fines serán los que subjetivamente valore cada individuo. El error no es tener tales fines, sino creer que son una meta a alcanzar, y que vale la pena amargarnos porque, una vez alcanzada la meta, seremos felices. Ya hemos visto que esto es falso. Además, me parece que el error viene incluso de antes: de creer que en los grandes fines de nuestra vida hay una meta que, una vez alcanzada, nos hace felices. Por ejemplo, creer que a partir de un cierto nivel de riqueza seremos felices, pero no antes. Por el contrario, el juego de alcanzar nuestras metas debe ser infinito. Al aceptar esto, el corolario es inmediato: debemos ser felices a lo largo del proceso, y no tiene sentido amargarse para conseguir una meta, porque tal meta no existe, y lo único que vamos a conseguir es estar siempre amargados.

Puede parecer paradójico, pero estoy defendiendo el trabajar duro a diario hacia unas metas (de nuevo, personales, profesionales, económicas…) que nunca llegan. No sé si esto tiene sentido; en los párrafos anteriores he intentado dárselo, y espero haberme expresado con la suficiente claridad.

Si no es así, lo que debería quedar claro, al menos, es que la adaptación hedónica no dice que trabajar duro a diario sea fútil. Pero tampoco dice que te haga más feliz. Que esto es así, para mí, viene de otros principios. Defenderlo supondría, quizá, hacer otro artículo como este. Para no caer en esa madriguera me voy a limitar a dar, a modo de argumento de autoridad, dos citas de las Meditaciones de Marco Aurelio.

Al amanecer, cuando tienes problemas para salir de la cama, dite a ti mismo: «Tengo que ir a trabajar, como ser humano. De qué me tengo que quejar, si voy a hacer algo para lo que nací. ¿Para qué me trajeron al mundo? ¿o para qué fui creado? ¿Para acurrucarme debajo de las mantas y mantenerme abrigado, o para trabajar?»

¿Así que naciste para sentirte «a gusto»? ¿En vez de hacer cosas y experimentarlas? ¿No ves a las plantas, los pájaros, las hormigas, las arañas y las abejas haciendo sus tareas individuales, poniendo el mundo en orden, como mejor saben hacer? ¿Y no estás dispuesto a hacer tu trabajo como ser humano? ¿Por qué no estás corriendo para hacer lo que tu naturaleza te exige que hagas?

Marcus Verus Aurelius Antoninus imperator et philosophus.

Marcus Verus Aurelius Antoninus imperator et philosophus.

Epílogo

Leer y releer este texto me hace pensar cada vez más que el problema solo lo tenía yo, y que lo dicho aquí será evidente para el resto de la gente. No lo sé. Aquí queda, en cualquier caso, a modo de ejemplo de cómo la reflexión filosófica contribuye al cuidado de mi mente y a que mi vida sea mejor.

Por cierto, esta reflexión se me ha ocurrido mientras leía el cuarto capítulo del libro A Guide to the Good Life: The Ancient Art of Stoic Joy de William B. Irvine. Apenas llevo una quinta parte del libro, y ya creo que se va a convertir en uno de mis favoritos, de esos que voy a releer en un futuro.

El libro culpable de la presente chapa.

El libro culpable de la presente chapa.